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CUENTOS EN AZUL

 

 

 

Autor: Elena Ortiz Muñiz (Estrella de Belén) (México)

http://www.elenaortizm.com/poesia

 

 

 

¡Nuevo! EL LADRÓN DE SUEÑOS


Cuando el señor de traje oscuro llegó al pueblo nunca nada volvió a ser como antes. Inexplicablemente la tristeza envolvió el ambiente, los rostros de los
pobladores tornáronse desencajados, las miradas pasaron a ser vacías y huecas. Desapareció la camaradería, las sonrisas y la esperanza.
Nadie se explicaba cómo pudo haber sucedido aquello, el caso es que un día, de pronto, increíblemente, inexplicablemente…despertaron sin sueños y por lo tanto
sin esperanzas, es decir, sin anhelos ni pasión. Para ellos, un día era la sucesión irremediable de 24 horas una detrás de la otra sin recursos ni salidas.
Contemplaban sus destinos sin sonreír ni llorar, vivían como si no importara nada, esperando a que transcurrieran los minutos sin más, desperdiciando el soplo de vida, dejando pasar de largo cualquier resquicio de ánimo que pudiera llegar hasta ellos. Eran indiferentes a todo como maniquíes vivientes sin corazón.
Los únicos que se mantenían optimistas y felices eran los Vargas. Fermín Vargas, el padre, era conocido por su extraordinario ingenio y buen humor,
pero también por su enorme fe, el amor profundo que tenía a su familia y la voluntad férrea con que emprendía cada nuevo desafío.
Todas las noches solía sentarse en torno a la hoguera con su esposa y tres hijos para rezar sus oraciones y darle gracias a Dios por todo lo que habían aprendido y
obtenido a lo largo de la jornada. Después, los chiquillos se acomodaban sobre los almohadones y recostados encima del tapete mullido escuchaban
los cuentos que el hombre leía  de un gran libro repleto de historias fantásticas que no terminaban jamás hasta que se quedaban dormidos con mil aventuras
alojadas en sus mentes. Gracias a aquellas hazañas mágicas y portentosas lograban penetrar en los más fascinantes sueños y fantasías mientras descansaban.
Nunca dejaban de anhelar y esperar, jamás dormían sin rezar y aunque no eran adinerados ni tenían grandes posesiones vivían felices en aquel sencillo y
humilde mundo en donde solamente cabían las risas y el amor.
De tal manera que en aquel pueblo enfermo por la falta de entusiasmo, las únicas gotitas de color las ponían los Vargas con su sencilla y cálida forma de ser.
Por eso, eran recibidos siempre con gusto por todo el mundo pues veían en ellos un reflejo de lo que podrían volver a ser pero que
por alguna razón ya no eran pues las personas en aquel pueblo estaban incapacitadas para soñar.
El destino quiso que Fermín Vargas sufriera un fatal accidente una tarde de mayo y que éste culminara con la muerte del buen hombre. Los
Vargas quedaron destrozados, sobretodo Abundio el hijo más pequeño, adoraba a su padre y no entendía por qué le había sido arrebatada su presencia para siempre.
La casa de los Vargas, ruidosa y colorida tomó un color tan gris como las otras casas, se oscureció y el silencio se apoderó de cada uno de sus rincones.
No había más que lágrimas y dolor en donde en tiempos pasados se alojaban la alegría y las carcajadas.
Pero Abundio, a quien su padre alguna vez le dijo que los que se mueren en realidad van al cielo y se quedan a vivir entre las estrellas para volverse una más,
  fue la diferencia. Aquel chiquillo con ojos traviesos y luminosos de cuando en cuando volteaba hacia el cielo levantando la mirada para ver si lograba identificar
a su padre entre las nubes, verlo brillar en las estrellas o descubrir su silueta disimulada entre el azul del firmamento. Por eso fue que descubrió lo que ocurría,
pues una noche, cuando cada uno fingía dormir atrapado en su dolor él abrió los ojos para ver el cielo a través de la ventana. Así que bien grande fue su sorpresa
al encontrarse con el hombre del traje oscuro  metiendo los sueños aletargados de los niños Vargas en un enorme saco mugriento y remendado.
Quiso gritar para alertarlos pero no podía, ya le había arrebatado sus propios anhelos dejándolo sin ganas de nada, preso en un mundo indiferente en el que ya no
existía motivo que importara, le daba igual lo que sucediera al minuto siguiente, así que de espaldas a la ventana se durmió sin conseguir entrar al reino
de los sueños, ni esa noche ni las que vinieron después.
Pasaron los meses sin que nada sucediera en realidad y así fue como llegó diciembre y con ella la Noche Buena. Abundio no tenía sueños pero sus recuerdos ahí estaban:
vivos, claros, haciéndose presentes. Cerraba los ojos y en su mente aparecía el enorme árbol lleno de luces y adornos hechos por ellos mismos, la chimenea con
las medias tejidas por su madre, las galletas en la mesa y el pan en el horno, los villancicos que su padre entonaba a todas horas, y con ellos, llegaba también el
sonido de su voz, los fragmentos de los cuentos que les leía, las  historias  hablaban de algo que él ya no sentía en su corazón: esperanza.
Estaban en vísperas de la Navidad, fecha que en un tiempo fue la más esperada por todos sin que ya nadie aguardara con ilusión por ella, ahora, en el pueblo
era un día  como cualquier otro. Más, Abundio recordaba, recordaba siempre que las cosas no eran así, que antes eran felices y en medio de sus remembranzas
apareció la silueta del hombre del traje oscuro llevándose sus sueños.
Evocó esas noches inolvidables del 24 de diciembre cuando su padre daba a cada uno un globo, cada niño ataba al cordón un papelito conteniendo
sus deseos para luego soltarlo. Los globos se elevaban en tanto ellos con la manita les decían adiós con la certeza de que el regalo más preciado que podían
recibir era la convicción de que Dios vela en el cielo por sus hijos y hace lo posible para verlos sonreír sin preocupaciones. Todo el que entregue sus pesares a
Dios encontrará consuelo y satisfacción, pero más que nunca durante la mágica llegada de la Navidad.
Eso era lo que necesitaba hacer. Los globos serían la solución. Sacó de uno de los cajones de su cómoda una cajita de cartón en la que atesoraba aquellos ahorros
que con tanto esmero reunió en el pasado y que tiempo ha dejaron de importarle. Con ellos en mano se fue corriendo hasta la plaza.
Ahí encontró dormido al vendedor de globos con su manojo de esferas descoloridas flotando sin sentido pues ya nadie las compraba, a pesar de eso, él continuaba
acudiendo al parque cada día porque durante 20 años no hizo otra cosa que vender globos, por lo tanto, se sorprendió de que aquel niño lo despertara con la
intención de comprárselos todos.
Abundio pasó el resto de la mañana escribiendo deseos y buenas intenciones en papelitos blancos, invirtió mucho tiempo atándolos pues amarrar cosas no era
precisamente su mejor destreza. Cuando hubo terminado salió de casa sintiendo sus dedos doloridos de tanto atar, y sin más, los soltó. Una suave brisa comenzó a
soplar dispersándolos por todas partes, dejando el cielo salpicado de puntos coloridos. No sabía si aquello realmente serviría de algo pero por lo menos lo había intentado.
Los globos se perdieron de vista y el niño entró en casa sintiendo en la boca el sabor amargo de la depresión y en el corazón la opresión de la desesperanza.
Los globos se elevaron hasta explotar en el aire emprendiendo así, un vertiginoso descenso. Los mensajes cayeron en patios, en medio de la plaza, encima de los autos,
a los pies de las personas que se apresuraban a abrir  las hojitas, extrañados primero y confundidos después, cuando leían el contenido escrito con grafías trémulas e inexpertas:
-“Que los sueños y la alegría regresen a nuestras vidas”
-“Quiero ver nuevamente sonrisas en los rostros de todo el mundo”
-“Que volvamos a ser felices”
-“Quiero escuchar cuentos otra vez”
-“Quiero que seamos como éramos antes, como fuimos siempre”
Aquella tarde, cuando las campanas en la iglesia repicaron su voz no fue desoída. La gente salió de sus casas con dirección al templo. El sacerdote, sorprendido al ver la casa de
Dios repleta otra vez, se sintió contento como antaño y cantó con más ganas que nunca. Poco a poco las sonrisas iban surgiendo, y cada vez que una nueva era esbozada 
colores alegres  teñían las flores, las fachadas de las casas, las ropas de los moradores. A medida que los corazones se regocijaban los sueños lograban escapar de su cautiverio
flotando en el ambiente. Dejándose atrapar por quien quisiera quedarse con ellos y hospedarlos en su interior.
El ladrón de sueños se dio cuenta de lo que sucedía, furioso comenzó a perseguir los  anhelos para volver a encerrarlos pero fue inútil, la música comenzó a sonar en
las calles, de las casas salía el aroma a pan recién horneado, las carcajadas de los niños y el ruido de sus pies al correr rompieron la solemnidad. Al mismo tiempo los pajarillos
llegaban de todas partes con su canto divino, las palomas regresaron a bañarse en la fuente. Alguien gritó de pronto:
-Hoy es Noche Buena y mañana Navidad ¿Qué esperamos para decorar nuestras casas?
Y todos comenzaron a poner manos a la obra.
Abundio caminaba por las calles sin poder ocultar su alegría por lo que estaba ocurriendo. Sonreía plenamente. Su felicidad no tuvo límites cuando vio esa misma sonrisa
en los rostros de su madre y sus hermanos.
El ladrón de sueños apareció por una de las calles, seguía persiguiéndolos con una red sin conseguir atrapar ninguno.
-Es él –gritó Abundio –él es quien nos ha robado los sueños
Al sentirse descubierto, el ratero echó a correr para escapar. Nadie lo siguió, a nadie le interesó lo que pudiera pasar con él porque todos estaban muy contentos
recibiendo de nuevo sus sueños que como invitados de honor retornaban al hogar en Navidad después de una larga ausencia.
El ladrón de sueños jamás regresó porque así son ellos, se aprovechan de las sombras para cometer sus felonías pero en cuanto son descubiertos huyen porque son cobardes,
tanto, que deben robar los sueños ajenos pues son incapaces de crear los propios.
Aquella Navidad fue la más hermosa en la vida de todos en el pueblo. Pero en casa de los Vargas lo fue más, porque esa noche los chiquillos se acomodaron nuevamente
sobre los almohadones y recostados encima del tapete mullido, luego de rezar tomados de las manos y de dar gracias a Dios por las bendiciones recibidas, se dispusieron
a escuchar de labios de su madre una historia más de aquel fantástico y maravilloso libro que fue desempolvado aquella Navidad para no volver a quedar arrumbado nunca más.
El cuento de ese día narraba la historia del niño Jesús, quien nació una noche dentro de un pesebre rodeado de amor para traernos con su llegada un mensaje de paz y esperanza
que perduraría por los siglos de los siglos.
Abundio miró por la ventana hacia el cielo antes de entregarse al sueño arrullado por la dulce voz de su joven madre y sonrió cuando descubrió en la estrella más grande y
brillante del firmamento la luz inconfundible que se encendía en los ojos de su padre cuando antes de besarlo lo miraba con ternura para susurrarle después al oído:
-Te quiero mucho, hijito querido

 

¡Nuevo! DECRETOS EN EL AÑO QUE COMIENZA

 

Este año que está por comenzar:
Revisaré el camino andado como un ejercicio de reflexión, jamás con la intención de volver atrás. Porque no merezco ni quiero permanecer anegada en el pantano
de tiempos que jamás volverán pero que a través de los sufrimientos, las alegrías, los adioses y las bienvenidas han hecho de mí lo que hasta hoy soy.
Miraré las huellas en la arena de mi existencia para reconocer y enumerar los pares de pasos que han acompañado a mi andar, cada uno de ellos merece mi respeto,
mi afecto y mi gratitud porque pertenecen a otros seres humanos que han dedicado instantes, horas y tiempo irrecuperable de su vida para alimentar la mía consciente o
inconscientemente.
Valoraré el pan sobre mi mesa porque sé que en otras mesas, en otros suelos, en otras latitudes, en espacios cercanos y lejanos, entre razas iguales y
distintas gente buena,
inocente, nueva, vieja, con hijos y sin ellos miran con desesperanza sus manos secas de alimentos, esperan con la vista en el horizonte un milagro, una gota de agua,
una semilla, un trozo de cualquier cosa para llevarse a la boca. Sin embargo yo, sin merecerlo tal vez, puedo saciar mi sed y apetito sin problema, a veces,
con dolorosa e injusta abundancia mientras otros nada tienen aunque lo merezcan más.
Amaré como deba amar pero siempre sin miedo, sin temores o falsos prejuicios. Amaré porque me gusta ser amada. Lo haré con locura, con equilibrio, sin recato,
con mesura, amaré hasta cansarme para luego reposar amando. Amaré a cada instante, amaré porque eso es lo que hace falta en este mundo: Amar y
porque amando me amo, amando soy bendecida. Amar es tener la certeza de que estoy más viva que nunca.
Recordaré decir una oración breve o extensa, pero siempre sincera para que la luz ilumine el sendero de aquellos que están atrapados entre la oscuridad.
Encenderé la luz de una vela cada día para que su resplandor y  calor llegue hasta donde lo necesiten más. No puedo cambiar al mundo, nada soy frente a
las miserias y desgracias de un planeta que me rebasa, pero soy, sin embargo, alguien. Puedo ser esperanza, solidaridad, compañía, ejemplo, sonrisa o fe para otro,
una sola persona, solo eso me basta, es suficiente con ello.
Quiero ser estéril para mis enemigos, pues desgraciadamente los tengo, están en mi propia familia pero también fuera de ella, dentro de mi universo, junto a mi casa y
otros lejos de ella, me sonríen en la calle ocasionalmente, me evitan a veces, algunos me atacan abiertamente. Otros esperan las sombras para herir a traición.
No importa, no encontrarán eco en mi persona para realizar sus felonías. Este año seré sorda con las palabras necias, muda con las injurias sin sentido,
ciega para quien
me busque con afán de pelear. Este año, nadie podrá robarme mi paz, nada podrá turbar mis sentidos. En mi vida yo soy la que decido los sentimientos con los que
deseo vivir.
No pretendo guardar rencores ni odios que laceran mi alma. Bienvenidos quienes lleguen en son de paz y que Dios bendiga a todos los que me busquen para hacer la guerra
. En mi playa, en mi templo, en mi pueblo la paz reina en el aire y nada la volverá a turbar.
Estoy cierta, sin embargo, en que la vida no es el paraíso. Hay pruebas muy duras, crueles, brutales en las que el dolor te puede tumbar.
Es necesario resistir y quedarse solamente con eso. Sé que aún hay muchas cosas que deberé afrontar todavía: vida implica resistencia, y yo  no soy inmune
al sufrimiento, soy un ser humano imperfecto, estúpido como cualquier otro, con mil defectos contra los cuales luchar. La pregunta cuando la calamidad me azote
no será ¿por qué a mí? sino todo lo contrario: ¿quién soy yo como para que esto no me suceda a mí? La soberbia es el enemigo principal de toda existencia,
es el primer rival a vencer para así entender que la vida se conquista a base de sudor y lágrimas. ¡Fuerza! Las adversidades se doblegan con fuerza, no con quejas ni lamentos.
Cada uno de los días de mi vida caminaré, avanzaré un poco cada vez. No con el afán de llegar al final del arcoíris para encontrar el tesoro inagotable, pero sí con
la convicción de mirar el paisaje para observar las lecciones que la naturaleza nos regala cada día. Para aprender de los árboles que sin importar lo que pasa resisten
de pie, de la unión y armonía de las aves que surcan unidas el cielo, escuchar el susurro del viento que canta verdades que sacuden, ser generosa como
las criaturas del reino vegetal que regalan belleza y alimento a quien desee aprovecharlos, sin distingos, sin discriminación, sin falsa generosidad.
Para darme cuenta de que todo lo que Dios creó tiene vida ¿por qué he de empeñarme en vivir como un muerto enterrándome en la rutina y
las presiones cuando hay tantas cosas por las cuales ser feliz? Este año  no voy a sobrevivir ¡Voy a vivir!
Con todo lo que eso implica.
Voy a escribir hasta el cansancio porque amo escribir, voy a correr no para eliminar peso de mi cuerpo sino para sentir el viento acariciando mi rostro,
voy a dejar de obsesionarme con el aseo de la casa cuando afuera la mañana, la tarde o la noche se empeñan en regalar mis sentidos.
  Voy a abrazar a los míos hasta que se harten porque los amo y diré todos los “Te quiero” que se me dé la gana sin que me importe lo que piensen los demás.
Seré hoy y siempre auténtica, sincera, simple. Manifestaré lo que tenga deseos de decir aunque me llamen cursi, ridícula o exagerada por el solo hecho
de que hacerlo me hace sentir bien a mí aunque a otros no les guste.
Evitaré a toda costa juzgar, dar veredictos, enjuiciar o etiquetar al prójimo porque ante todo debo reconocer y asumir que si otros se han equivocado en sus
decisiones yo he errado el camino antes muchas veces de distintas maneras y no me gustó ser señalada. Recordaré  que lo que yo opine o piense es solo eso:
mi opinión y/o mi pensamiento, cada quien tiene sus propios motivos y que éstos pueden ser completamente disímiles a mi razonamiento sin estar por ello equivocados pues yo
misma soy imperfecta. Si los demás fallan yo también he fallado y fallaré, si los otros son diferentes a mí es porque yo soy diferente también para ellos. Escucharé y si me lo
piden podré dar un consejo u opinión sin que hacerlo me obligue a adoptar problemas ajenos, pues no debemos olvidar que todos tenemos nuestras propias circunstancias,
una realidad específica y conflictos que son retos personales a vencer.  Ante todo tolerancia, empatía, comprensión y respeto.
Voy a ser como deba ser sin perderme a mí misma en el trayecto. Más allá de ser gorda o flaca, de verme joven o vieja, de estar o no a la moda, de encajar o no en un grupo social
voy a luchar por verme y ser simplemente feliz porque he comprendido que es la felicidad  y no la obsesión por un régimen alimenticio lo que  trae armonía y balance al cuerpo.
Una Navidad mi mamá preparó tamales que no comí aunque deseaba hacerlo porque mi dieta no me lo permitía. Esos tamales fueron los últimos que llenarían la mesa.
Habrá otros tamales –jamás iguales- pero tal vez parecidos, o quizá muy diferentes, más grandes o más chicos pero jamás serán “ésos” tamales, los que dejé pasar por
obedecer totalmente a una obsesión sin sentido porque la meta jamás debe ser más importante que la vida misma. En ese momento mi madre resaltó y externó
su admiración por mi enorme fuerza de voluntad, hoy, yo resalto mi enorme estupidez.  Hay un tiempo para todo, tarde lo aprendí. Hay momentos en que debe
imperar la fuerza de voluntad y otros en los que merecemos simplemente disfrutar porque la vida es breve y no siempre tendremos la misma oportunidad.
Finalmente, y no menos importante, a partir de hoy asumo por completo mi rol de hija, de madre, de esposa, de amiga, de hermana…pero nunca olvidaré otra
vez que por encima de todos esos papeles en este escenario que es la vida: SOY. Soy antes que ninguna otra cosa o persona, no por egoísmo ni por soberbia,
sino precisamente por y para ellos, porque quiero y me preocupan: SOY. Por eso debo ser la más importante hoy, mañana y siempre.
Porque si me enfermo los dejo a la deriva, porque si caigo los desamparo, porque si me acabo empaño su existencia.
Por eso, porque los amo y me amo: SOY más que nunca, con más fuerza y más volumen, con más sonrisas y más paz, con serenidad y convicción.

 

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MIS MANOS


Mis manos son aves en vuelo que vigorizan las cumbres dormidas de mis senos desfallecidos. Mis dedos, bailarinas en el escenario vacío y oscuro
de un teatro sin público ni personal, un teatro que no es concurrido porque la deslealtad lo cerró sin más mutilando el amor, y sin embargo,
bailan estremeciendo las fibras sosegadas, despertando la pasión  que estaba a punto de ahogarse de aburrimiento y sopor.
El espejo me devuelve la estampa de mi cuerpo  desnudo tendido en la cama, el vientre abultado me grita improperios, la cintura extraviada
sigue sin aparecer, el cabello sedoso ha huido también. Desvío la mirada  con cierto dolor “¡Ya no queda nada!” me digo en voz baja, pero
son mis manos las que en su recorrido entonan un himno de placer genuino al que ninguna imagen logra silenciar.
La respiración se agita cada vez más, cierro los ojos. Pienso en que al día siguiente moveré el espejo de lugar…o quizá lo tire por la ventana cuando el camión
de limpia pase debajo para no saber más de él. ¡Solo quiero mis manos! Las siento descender ahora por ese vientre voluminoso que imagino sigue siendo la planicie
recta que era hace 20 años, antes de las estrías, los embarazos,  las obligaciones…y la desidia que llega al saberse…nada.
Encuentran el paraje de mi sexo aletargado, ¡Oh Dios! ¡Que falta me hacía sentirme bien!  El temblor de mi cuerpo me dice que sigo estando viva, escucho un jadeo
de satisfacción salir de mi boca, esa boca sedienta de aprecio, que clama por beber agua real de otros labios tibios y urgentes de amor.
No, no debo pensar en eso.
No es hora de pensar, solo quiero gozar las caricias, sentir los dedos expertos a fuerza de explorar la misma cueva abandonada a su suerte que se resiste
a seguir así…Sí, así…así…asíííí.
¡Ummmm! ¡Qué bien se siente ser acariciada! Minutos después la puerta se abre. Es él. Me finjo dormida. Intenta no hacer ruido, se quita la ropa, se pone el pijama
y se tiende en la cama, se cubre con las mismas cobijas que yo, apoya la cabeza en el mismo almohadón. Ni un solo beso, ni una caricia.
En seguida lo escucho roncar.
Vuelvo la cabeza, observo esa espalda que conozco tan bien. Por suerte, me quedan mis manos, son ellas quienes me brindan  cariño en forma de tacto,
quienes humedecen mi centro ahogándolo de placer

¿Qué sería de mi vida sin ellas, mis manos?…por suerte las tengo, las siento y puedo estar segura de su fidelidad.

 

EL ESCRITOR

 

Tan sólo deseaba a través de sus letras ser inmortal...afamado....querido.
Ponía el alma entera cada noche para hacer los más bellos versos que lo colocaran en un plano irreal.
Flaco, desgarbado, con el pantalón zurcido y rezurcido y la misma camisa lavada y relavada caminaba  ojeroso, cansado, con sus obras bajo
el brazo todas las mañanas hasta las oficinas de correo, pegaba los timbres correspondientes y las enviaba a las editoriales de costumbre.
De regreso en casa, desayunaba pan duro y café más aguado que negro. Mientras sorbía pensaba que su vida podía cambiar en cualquier momento..
.y cuando fuera un escritor bien remunerado tomaría café con leche y pan recién hecho para el desayuno...mientras tanto, solo quedaba aguantar lo duro, lo aguado, lo negro, lo rezurcido y lo relavado. 
A veces, el cartero aparecía golpeando la puerta de su apartamento y sacudiendo sus emociones con la imagen de una esperanza envuelta en
sobres de papel bond. Los abría con desesperación para leer las mismas respuestas de siempre, a veces dichas con piedad, otras implacables,
algunas crueles y  todas, sin excepción, devastadoras: “Por el momento nuestra editorial no está interesada en publicar sus obras, pero
agradecemos de cualquier manera su deferencia”.
Entonces arrojaba en el rincón del armario el escrito devuelto y se quedaba encerrado días enteros llorando su desgracia, envidiando a aquellos escritores
mediocres que sin embargo, habían logrado publicar.
Miraba, cada tarde, desde su ventana hacia el parque que invariablemente estaba concurrido, hasta encontrar al señor de bigote que siempre a las cinco
en punto se sentaba en una banca para leer el libro que llevaba bajo el brazo. Ayudado por sus binoculares atisbaba hasta conseguir ver el título
. Al tipo le gustaba de todo sin distingo de nacionalidades, sexo, corriente filosófica o género literario. Lo había visto devorarse completas las obras de Platón,
Dickens, Saramago, Isabel Allende, Coelho, Carlos Marx, Homero, de la Vega, Shakespeare, La Fontaine, Byron, Machado, Rulfo, Ortega y Gasset,
García Márquez, de la Portilla, Benedetti, Cervantes, Oscar Wilde. Lo examinaba mientras aquel leía, a veces con aburrimiento, otras en total concentración.
En ocasiones una lágrima furtiva resbalaba de sus ojos, cuando no, el ceño fruncido como desaprobando el desenlace o las teorías presentadas.
Presenciaba sus sonrisas, la mirada melancólica que se quedaba por minutos después de cerrar el libro, la avidez con que pasaba las
hojas deseando saber más, queriendo llegar al final.
El escritor se quedaba entonces recostado en su desvencijada cama pensando: “Algún día, será un libro mío el que tenga entre sus manos, lo miraré
desde acá grabando en mi mente cada uno de sus gestos, tratando de adivinar el capítulo en el que está por sus reacciones. Terminará el libro y una
lágrima aparecerá acompañada de un suspiro. Lo veré cerrando mi obra mientras con la palma de su mano acaricia la portada como agradeciendo
los buenos momentos que le brindé a través de mis letras. Entonces, sabré que he conquistado mis sueños”.
Pero los días se convertían en semanas y las semanas en meses sin que las puertas de las editoriales se abrieran, sin embargo, él seguía poniendo el alma
entera al escribir, desnudaba su corazón y se entregaba por completo a su trabajo. A veces, al releerlo para afinar los detalles se conmovía con sus propias historias.
Sentía y sabía que era bueno en ello, solo necesitaba una oportunidad… ¡La necesitaba tanto!
Quizás por su empeño, o por la visión de su ropa descolorida y de forma indefinida a fuerza de tanto uso, lavado y zurcido, o tal vez porque el café aguado era
desagradable hasta para ella que no era quien lo bebía, la Fortuna se compadeció de él y le sonrió. Una tarde de mayo, el cartero  entregó al inquilino de
apariencia rara y lánguida un sobre que aquél recibió con resignación imaginando que la respuesta sería la misma de siempre.
Aunque, ésta era más bien una carta, no traía la obra devuelta. Una luz de esperanza brilló en su interior sacudiéndolo.
Con manos temblorosas abrió la misiva extendiendo ante sus ojos la hoja de papel membretado en la que resaltaba el nombre de la editorial.
Comenzó a leer con nerviosismo hasta que llegó al renglón tantas veces anhelado: “…por lo tanto hemos decidido publicar su obra…”
Salió corriendo como un loco del edificio hasta el parque, las palomas volaron en todas direcciones precipitadamente evitando 
que el desaforado terminara por pisarlas, corrió alrededor de la fuente con los brazos levantados mientras gritaba de felicidad.
La gente que pasaba cerca de él apresuraba el paso pensando que estaban frente a un deschavetado sin remedio. Miró al hombre de bigote que se disponía a sentarse en
una banca como todas las tardes para leer su libro. Corrió hasta él y tomándolo de la mano le dijo con euforia:
-“Soy Víctor Cavazos. Recuerde mi nombre: Víctor Cavazos. Dentro de poco nos veremos en este parque… quiero decir, me leerá en este parque”.
Y sin más, salió dando brincos y grandes zancadas mientras el hombre lo miraba desconcertado.
Su novela fue todo un éxito, con el tiempo se mudó a una casa con jardín. Ahora vestía con ropa elegante, viajaba en auto con chofer,
la editorial le pedía más libros, ya había cumplido con la entrega de cuatro que corrieron con la misma suerte del primero.
Desayunaba todas las mañanas café con leche y pan recién horneado. Le pedían colaboraciones de todos lados, lo solicitaban
para que diera conferencias, se imprimían  cada año agendas con fragmentos de sus obras y frases de su autoría que se terminaban apenas salían al mercado,
los premios literarios llegaban sin haber sido llamados. Viajó por todo el mundo, se casó tres veces. Triunfó, pero no era feliz.
Finalmente, su tercera esposa lo abandonó también, descubrió que la casona era demasiado grande para él solo, se sentía desolado, sin un amigo verdadero
en quien confiar, sin amor, sin hijos. Con  gran fama y mucho dinero pero al mismo tiempo, sin nada.
Comenzó a extrañar su departamento de paredes descascaradas y viejas y la vista a ese parque que le dio tantas historias y
tantos personajes para sus obras.
Fue hasta el desván y sacó una caja de cartón empolvada en donde guardaba aquellos textos tantas veces rechazados por las editoriales y que,
desilusionado, jamás había vuelto a abrir. Se los entregó a su agente para que un corrector los pusiera en orden.
Salió de su mansión con lo que pudo meter en una maleta con la intención de no regresar.
Llegó hasta las puertas de aquel edificio desvencijado en el que por suerte el departamento que alguna vez habitó estaba desocupado y listo para ser alquilado.
No lo pensó dos veces, pagó todo un año por adelantado y regresó a su vieja guarida donde tantos sueños fabricó.
Estaba desconcertado, deprimido, desubicado, se sentía vacío. No comprendía por qué si había logrado cumplir todas sus metas estaba tan solo y
sin pretensiones por las cuales esforzarse y luchar. A fuerza de tanto pensar llegó a la conclusión de que habiendo alcanzado lo soñado,
el error estuvo en no fijarse nuevas metas, si la vida no tiene obstáculos ni quimeras deja de ser vida y comienza a ser el principio de la muerte.
¡Pero él solo tenía 34 años! No podía ser posible que su existencia culminara ahí. Se acercó a la ventana y miró el parque.
Parecía que el tiempo no había pasado en aquel lugar, todo seguía igual: las mismas personas, las mismas bancas, los mismos atardeceres.
Lo vio caminando, el hombre de bigote llegaba puntual a la cita, eran las cinco en punto. El escritor salió corriendo del inmueble, se sentó en la banca frente
a él y miró el libro que lo ocupaba: “Un cielo despejado” el autor era Víctor Cavazos. Se quedó ahí observándolo pasar las hojas absorto en la historia.
Una tras otra las letras escritas en las páginas eran devoradas por él, humedecía sus dedos para deslizarlas con más facilidad. Iba a la mitad de la historia, por sus gestos
Víctor imaginaba en qué parte:
-“Capítulo VI”- pensó  – Cuando descubren que la niña tiene leucemia, a partir de ahí se desencadena la parte más sentimental de la historia”.
Después de un buen rato el hombre cerró el libro, aún no lo había terminado. Suspiró melancólicamente y con el dorso de la mano se limpió las lágrimas de los ojos.
El autor lo miraba conmovido y recordó las palabras pronunciadas una tarde:
“Algún día, será un libro mío el que tenga entre sus manos, lo miraré desde acá grabando en mi mente cada uno de sus gestos, tratando de adivinar el capítulo
en el que está por sus reacciones. Terminará el libro y una lágrima aparecerá acompañada de un suspiro. Lo veré cerrando mi obra mientras con la palma de su
mano acaricia la portada como agradeciendo los buenos momentos que le brindé a través de mis letras. Entonces, sabré que he conquistado mis sueños”.
Se acercó al hombre y sentándose junto a él le extendió un pañuelo, aquel lo recibió agradecido y terminó de secar sus ojos humedecidos.
Sacó una libreta y una pluma y escribió: “Gracias”.
Víctor lo miró desconcertado. El hombre escribió: “¿Le pasa algo?
El escritor tomó la pluma y respondió con su peculiar letra de molde: “Desde hace mucho tiempo lo veo sentarse en esta banca a leer, pensé que
era usted profesor o algo parecido. De pronto descubro que no puede hablar… y no es que sea inaudito no hablar sino que ahora lo admiro más”
“Me llamo Ernesto. Soy sordo y mudo – garabateó el caballero – Me encanta leer porque los autores logran decir por escrito lo que yo no puedo oralmente.
Mis padres me ocultaban porque sentían vergüenza de mí, no tengo estudios, mi esposa me enseñó como pudo a leer y escribir, desde entonces,
los libros han sido mi refugio en este mundo sin palabras. No tengo dinero para comprarlos, pero un hombre me los presta y a cambio, yo arreglo su jardín”
Víctor empezó a llorar conmovido. No sabía qué decir. “El libro que tiene entre sus manos – escribió – es mío. Yo soy Víctor Cavazos,
alguna vez, cuando solo era un aspirante a escritor, mirándolo desde mi ventana, juré que un día estaría usted aquí sentado leyendo un libro mío
y lo vería llorar conmovido, sin embargo, soy yo el que está enternecido leyendo sus palabras”.
El escritor volvió a su departamento, pero nunca su vida fue la misma. Comenzó a descubrir cosas de las que antes no era conciente por estar inmerso
en sus sueños sin preocuparse por sus semejantes. Se dio cuenta por primera vez del gran compromiso que supone ser leído, de los alcances que las
palabras pueden llegar a tener y de tantas cosas que podía realizar a través de la notoriedad y fortuna adquiridas.
 La casona en que vivió aquellos años de fama y bonanza se convirtió en una biblioteca gratuita, su vida vacía se llenó con buenas obras gracias a
la fundación “Don Ernesto” que ayudaba a que cualquier persona sin distingo de edad, sexo, raza, religión, situación económica o discapacidad pudieran
estudiar y aprendieran a leer y escribir para que lograran descubrir ese mundo lleno de posibilidades sin límite que ofrecen los libros y de esta manera
encontraran una motivación para salir adelante.
Se quedó a vivir en ese cuartito frente al parque, aunque nunca volvió a portar ropa gastada, vieja y zurcida, a veces desayunaba café negro y
pan del día anterior para no perder la humildad, nunca olvidaba mirar hacia el parque en donde Don Ernesto, siempre a las cinco en
punto llegaba con su libro bajo el brazo, ése que cada semana la fundación que él había inspirado con su historia le enviaba gratuitamente
hasta su casa y lo saludaba con la mano antes de sentarse a escribir.

 

ESPERANZA APLAZADA

 

El cristal en el ventanal del consultorio me devuelve el reflejo de mi propia imagen, miro ese rostro envejecido a fuerza de tanto estudiar a lo largo de noches interminables y
desquiciantes en vela aprendiendo, repasando, tratando de comprender y de memorizar.

Mi  vista vagabundea registrando los detalles de esta bata inmaculada, advirtiendo la delgadez de mi cuerpo, las manos  hábiles para explorar pero tan vacías de otras manos, de
otro cuerpo, de otra alma…
Dejo en paz mi figura y  observo ahora lo que se ve del otro lado del cristal. Más allá de la plaza, más allá de la gente sentada en las bancas que mira con indiferencia la
destrucción de la antigua estación del tren. Después vendrá  la construcción del gran centro comercial cuyos anuncios publicitarios prometen que traerá prosperidad.
Miro la maquinaria pesada quitando en un santiamén todo aquello que estorba, el ejército de hombres congregados ocupados ahora en sacar las bancas de madera,
los objetos medianos que pueden rescatarse aún pero que igual son arrojados al camión de los desechos. Imagino el centro comercial terminado, con su fachada
contemporánea que seguramente chocarán con la sencillez del poblado y su desenfado natural. Sin poder evitarlo comienzo a llorar.
Pero no lloro por mi envejecimiento prematuro ni por mi desdicha interna, tampoco por la ruptura estética que terminará por sepultar la naturaleza del lugar
cuyas calles adoquinadas, siempre tranquilas, se verán en breve atiborradas de automóviles. Tampoco lo hago por  las tejas de barro que sobresalen de los tejados y que 
se perderán irremediablemente detrás de anuncios descomunales cuya luz neón captara la atención de  todo aquel que ose pasar frente a ellos. No. Mi llanto es causado
por algo más doloroso
y más profundo. Mis lágrimas son por ella…por Antonella Coratella.
Crecí con el grito jubiloso de su voz resonando en todo el pueblo:
-¡Señora Salute!
-¡Señor Salute!
-¡Muchacho salute!
Sí, Antonella saludaba a todo el mundo con la misma alegría a través de ese español italianizado tan peculiar e irrepetible. Mi madre solía recordar con frecuencia la tarde en
la que, acompañada de su marido, bajó del tren con su equipaje a cuestas mirando a todos lados como una niña perdida. Venían de Italia, sin destino establecido, buscando algún
lugar hospitalario y bonito en donde instalarse. Eran dos jovencitos que huyeron de su país luego de casarse a escondidas debido a que la familia de Federico
Coratella se oponía  a la unión por considerar que Antonella no estaba a la altura de sus expectativas.
El tren, después de dejarlos en la estación, anunció su salida a través del silbato dulzón que llamaba a subirse, a viajar en él, a vivir aventuras impensables en lugares distintos.
Antonella lo miró alejarse al tiempo que la marcha recién iniciada arrastraba con ella sus recuerdos, su pasado, esa familia abandonada con la que jamás se reencontraría de nuevo.
Sin embargo, a los pocos minutos recobró la serenidad y con la fuerza y temple tan grandes que le conocimos a lo largo de los días que se sucedieron, se aferró a su equipaje y
al brazo de su marido apresurándose a buscar un sitio adecuado en donde poder alojarse mientras tomaban la decisión de irse al siguiente pueblo o quedarse ahí.
Por supuesto, se quedaron. Antonella, quien ya se había graduado como enfermera fue contratada para tal efecto en la escuela del pueblo, el marido, por su lado también
se acomodó en seguida. Fue así como la italiana pasó a formar parte de la rutinaria vida de todos nosotros llenándonos de alegría al tiempo que, en silencio,
construía nuestras existencias, es decir, las de todos los chicos de entonces que pasamos por sus manos en la enfermería buscando consuelo a nuestros dolores.

Yo llegué a este mundo el mismo año en que nació Giovanni, hijo único de los Coratella, quien además de ser compañero de escuela, también se convirtió
en mi más querido amigo.
Al lado de él crecí y viví esa maravillosa e inolvidable etapa que fue la infancia, ser su amigo me ayudaba a tener una relación más cercana
con la señora Antonella, quien
continuamente me invitaba a su casa a comer y a pasar la tarde.
Fue en estas visitas en donde conocí la verdadera situación familiar de mi amigo. El padre, a quien he borrado de mi mente de manera definitiva, era poco menos que un patán.
En tanto más se esmeraba la mujer por atenderle y complacerle, más se empeñaba él en arrojarle los platos encima, en gritarle despiadadamente y en insultarla.
Me maravillaba que a pesar de la humillación sufrida, del dolor que sus ojos revelaban y los malos modos de aquel señor, ella mantenía la sonrisa en sus labios y
continuaba con lo suyo con la cabeza en alto sin mostrar un ápice de enojo por la injusticia cometida con su persona.
Antonella siempre estaba de buen humor, se le encontraba barriendo el frente de su casa desde muy temprano, luego nos encontrábamos de camino al colegio,
Giovanni y yo entrábamos al salón de clases y ella a su consultorio en donde no paraba de atender enfermos hasta pasadas las cuatro de la tarde.
Esto sucedía no porque fuéramos muy débiles –pues yo era uno de los que constantemente estaba sentado fuera esperando mi turno para entrar- sino porque
lo que nos hacía falta eran sus consejos, sus caricias y cuidados. Llegábamos quejándonos de dolor en el estómago y terminábamos revelando una marcada
amargura por las peleas de nuestros padres en casa, el miedo a mostrar la boleta de calificaciones o las decepciones de amor que nos aquejaban.
Nos escuchaba con paciencia e interés, luego externaba su punto de vista, aconsejaba, consolaba y al final, el dolor había desaparecido por completo.
Antonella era mágica, cálida y buena. Creo que mi decisión al estudiar medicina fue inspirada en esa grandiosa labor que llevaba a acabo en la escuela
en donde se volvió un elemento imprescindible y muy querido por todos.
Una tarde, su marido recibió carta de Italia, habían dado con ellos, le escribían avisándole que su padre estaba enfermo de gravedad y quería verlo antes de morir.
Giovanni y su madre lo fueron a despedir a la estación del tren. Con un abrazo apretado y lágrimas en los ojos se dijeron adiós.
Giovanni lloraba de regreso a casa, lo recuerdo bien,
la madre con su tono de voz escandaloso pero alegre le consolaba:
-Vamos Muchacho que el adiós no será eterno. Debemos ser valientes, son solo unos días.
El suo padre retornará pronto a casa.
Pero no. Don Federico no regresó jamás. Todas las tardes después del colegio Doña Antonella y Giovanni caminaban a la estación,
encorvados por la tristeza,
pero con una luz de esperanza en los ojos que se apagaba lentamente a medida que los días pasaban sin que Federico Coratella bajara del tren.
Regresaban al anochecer, más disminuidos todavía y tratando de contener las lágrimas que luchaban por escapar y encontrar alivio a tanto dolor y soledad.
Aún así, resonaba el saludo de la buena mujer todo el camino a casa: Señora Salute. Señor Salute. Muchacho Salute.
Terminamos nuestros estudios básicos. Giovanni y yo nos fuimos a la capital. En el pueblo no había facultades, así que con lágrimas
en los ojos, el nerviosismo
de un futuro incierto, el dolor de saber que en adelante tan solo nos acompañarían  las oraciones de nuestras madres en nuestro camino nos despedimos de las familias
en la estación. Recuerdo que la señora Coratelli me abrazó fuertemente: “Cuídate hijo y cuídame al mío Muchacho para que vuelvan sanos y exitosos”.
Mi madre me relataba en sus cartas que la señora Antonella volvió a la vieja costumbre de apostarse en la estación para ver llegar y partir los trenes.
Ella pudo haber acompañado a Giovanni y mudarse con él a la capital, pero creo que siempre guardó la esperanza de que su ingrato marido se apearía del tren
en cualquier momento para retribuirle tanta soledad y tristeza. Con el pretexto de pintar un cuadro del lugar, llegaba cada tarde con sus implementos y se sentaba
en una de las bancas de madera a dar pincelazos en total concentración. Alguna de las veces que viajé para visitar a mis padres, la encontré absorta en su obra.
Obra que nunca terminó a pesar del tiempo transcurrido.
Ahora no solo esperaba a que el tren le trajese de vuelta a su hombre, sino que también guardaba la esperanza de que su hijo  descendiera sorpresivamente demostrándole
que no se había olvidado de ella como la gente decía, que no era un ingrato como su padre, que venía dispuesto a llevársela con él aunque fuera a fuerzas. Pero no.
Eso tampoco sucedió. Giovanni se graduó y se casó enseguida. Casi nunca se acordaba de su madre buena y santa que tanto lo amaba.
Yo no me casé, me dediqué, como dije al principio, a hacer de mí un profesional de éxito. Quería destacar, hacer grandes cosas para que mi paso por este mundo
quedara inmortalizado. Logré colocarme en uno de los hospitales más importantes de la capital, trabajaba noche y día sin descanso pensando en que solo ahí,
en un hospital de tal envergadura, conseguiría la fama y el éxito anhelado pero me olvidé de vivir mi vida, no tenía tiempo para ella y lo que sí poseía en cambio
era una soledad rotunda que me atormentaba continuamente.
Por petición de mi madre decidí descansar unos días, por lo cual, solicité vacaciones y viajé hasta el pueblo. Pude haberme trasladado en mi propio automóvil, o en uno de
esos autobuses modernos que son tan cómodos y confortables, pero quise hacerlo por tren porque quería que fuera Antonella la primera persona que me encontrara al llegar.
La estación estaba desierta. Pregunté al encargado por mi querida enfermera y me dijo algo que me estremeció: “Tenía varios días sin ir a la estación,
al parecer estaba gravemente enferma”.
Corrí a casa de Antonella con todas mis fuerzas. Me abrió una mujer desconocida que fue contratada por los padres del colegio para que la atendiera
y me acompañó a
la habitación de la italiana, ella, estaba sentada en un sillón, consumida por el cáncer que la había invadido, se veía disminuida,  su maravillosa cabellera había
desaparecido, las sondas profanaban su cuerpo cansado, estaba a punto de echarme a llorar cuando abrió los ojos y sonrió como solo ella sabía hacerlo.
-Muchacho salute
Corrí para abrazarla y besarla con todo el cariño que llevaba guardado en mi corazón.
-¿Otra vez te duele el alma? –Preguntó –Tú eras de los más asiduos a mi consultorio. Siempre te dolía el alma, mi niño. ¿Qué te ocurre ahora?
Platícaselo a Antonella.
No pude hablar, a pesar de tantos años trabajando mi fortaleza, de tantas veces que había visto morir personas, de tantas malas noticias que debí dar a
los familiares de los pacientes, tratándose de Antonella me sentía devastado. Comprendía ahora la grandeza de esa mujer en mi vida, lo mucho que la quería y
cuánto la extrañaría. Ella no, no podía estar sufriendo así, no debía estar sola. Maldito Giovanni –Pensé -¿Por qué no estás aquí?
Antonella acarició mi cabello, pasó su mano por mi cara triste. Ninguno de los dos dijo nada pero ya no me separé de su lado hasta que la muerte llegó a ponerle
fin al sufrimiento. Tomé su mano con fuerza y la vi exhalar el último suspiro.
Giovanni apareció por fin para el funeral de su madre, pero ya no significaba nada su presencia. La gente del pueblo, toda, los niños de entonces que somos
los adultos de hoy, los estudiantes actuales, los maestros retirados, los que continuaban en servicio, las madres y padres de familia, todo el pueblo, salió a dar
el último adiós a Antonella, los servicios funerarios fueron los que hubiera recibido un magnate, nadie escatimó para que la buena mujer se fuera tan
dignamente como había llegado un día.
La iglesia no pudo contener a tanta gente que se arremolinaba para escuchar, la procesión al crematorio fue infinita, doliente, pero sublime.
Todos los alumnos estaban ahí por voluntad propia, con todo y su desfachatez, aún con sus desvaríos e inmadurez, todos lloramos la partida de Antonella,
incluso Giovanni que hasta entonces pareció ser conciente de la pérdida tan grande que había sufrido.
Las cenizas de Antonella fueron guardadas por el director del colegio para depositarlas después a los pies de una estatua que se erigiría en el colegio en su memoria.
Tan grande así había sido su callada labor con cada alma y corazón. Comprendí entonces que no tenía que alejarme de mis raíces, de mi pueblo, de mis padres y
mi gente para ser importante y admirado. El mejor lugar para entregar mis conocimientos y esfuerzos era MI lugar.
Regresé a la capital más tarde, solo para finiquitar los pendientes y agradecer a los dueños del hospital por el empleo de esos años.
Con mis ahorros  compré la vieja casa al otro lado de la plaza, frente a la estación misma porque eso me hacía sentir más cerca de la señora Coratella.
Sin embargo, ahora la estación estaba siendo demolida también. Era  testigo mudo de esa infamia, lloraba sinceramente por ello, porque esa estación con sus
trenes que van y vienen eran la esperanza de Antonella, frente a esas vías dejó una a una sus ilusiones, su corazón y su infinito amor que poco fue valorado por los suyos.
Cerré las persianas sintiéndome incapaz de soportar por más tiempo aquella tortura. Me dirigí a mi escritorio, sonreí al ver el cuadro que quedaba frente a mí.
Pude rescatar esa pintura inacabada, inexperta y sencilla que mostraba la llegada de un tren a la estación. Pero si se miraba bien y con cuidado,
en las ventanillas del tren estaban dibujados los rostros de Federico Coratelli, de Giovanni y hasta atrás, mi propio rostro que mostraba
una felicidad completa por la llegada al pueblo otra vez. No eran retratos perfectos, pero sí que se distinguían, cada rasgo, cada detalle,
la mirada, la sonrisa. Comprendí porque estaba sin terminar cuando Giovanni me la entregó a petición mía. En la parte de atrás del lienzo
podía leerse “Esperanza aplazada” por Antonella Coratella.
La veo y a lo lejos escucho su voz imperativa y alegre: “Muchacho Salute” y vuelvo a sonreír a pesar del dolor.

. . . . .

 

OCASO

El atardecer empieza a morir. Al abrir la puerta, advierte las sombras que han comenzado a cubrirlo todo. Avanza con pasos lentos que arrastra al andar, observa su figura encorvada
proyectada en la pared. Prende la luz y su imagen desaparece. ¡Qué triste! ¡Qué callada vida la suya! Y pensar que en su juventud fue un hombre de éxito, de empresas, de triunfos.
Todos querían estar con él. Gente que salía de todas partes pidiendo favores, suplicando por un empleo, una recomendación, una ayuda.

Ayuda...como la que necesitaba él ahora. Y sin embargo, cuando por azares del destino se encontraba en la calle con alguno de esos jóvenes, ahora hombres maduros a quienes
había ayudado, a veces sin conocerlos del todo, algunos volteaban el rostro y continuaban su camino disimuladamente. Otros lo saludaban brevemente, con cortesía...y lástima.
Si supieran que lo único que necesitaba era platicar con alguien de cualquier cosa, de lo que fuera.

Y qué decir de cuando debía  hacer los pagos de cada mes, después de cobrar su pensión. Eso lo desgastaba considerablemente. Tenía que hacerse el tonto y no percibir ese tono
imperativo y degradante que acostumbra la gente a adoptar cuando se trata de atender a una persona de la tercera edad, como él. Al principio, se enfurecía y peleaba reclamado
una atención eficiente y digna. Ahora, ya ni gastaba fuerzas en exigir. Callaba y observaba fijamente pensando:

-¿Cuántos años puede tener esta muchachita? Si supiera todos los títulos que tengo,  los libros que me he leído, las experiencias que he acumulado a lo largo de tantos años,
me hablaría con más respeto. Pobrecita ignorante ¿Cuántos estudios puede tener para sentir tanta soberbia y superioridad?-

Terminaba agradeciendo parcamente por el "servicio" prestado y continuaba su camino reclamando entre dientes, siendo señalado como un viejito gruñón cuando todo su pecado
era tener el alma apesadumbrada.
 
Cada día iba a la cama rogando al cielo para ya no despertar. Pero despertaba. ¡Y cómo dolía hacerlo! A veces tardaba mucho tiempo en ponerse de pie porque no sabía para qué
  dejar la cama. ¿Qué objeto tendría el hacerlo?. Pero igual, la terminaba abandonando.

Entonces comenzaba el suplicio. Prepararse la avena para el desayuno, que por cierto siempre quedaba desabrida, para luego asear la casa tan eficientemente como su artritis y el
dolor de espalda se lo permitiera. Luego se sentaba frente al televisor, su única compañía.

Buscaba hasta encontrar la película del medio día, que siempre era un film antiguo, de sus tiempos. Y se ponía a recordar hablando para sí mismo:

-Yo estuve enamorado de esta actriz, soñaba con ella, no me perdía ninguna de sus películas... -Se entristece un poco-... ¡Ah! Esta escena. Cuánto
nos reímos mi hermano
Pablo y yo cuando la vimos en el cinema... -Y ríe recordando-... Esa casa...esa casa se parece a la que tenían mis papás, en una  así crecí yo. También tenía una fuente
al centro del patio y ¡metíamos en el agua los pies con todo y zapatos para no tener que limpiarlos!...-le emociona la evocación-... ¡Qué tundas nos daba mi madre!
Mi mamacita...tan buena. ¡Cuánto sufrió la pobrecita!...Termina lamentando el paso de los años.

Luego seguían los noticiarios y las reflexiones de cómo ha cambiado el mundo, de lo diferentes que son las cosas ahora, de cómo es posible que haya tanta violencia,
tanta pobreza...Hasta que se quedaba dormido murmurando frente al televisor que hablaba y hablaba mientras él seguía peleando consigo mismo, con sus años,
con su suerte, con las decisiones de su vida, con sus enfermedades, con su soledad...

Al despertar, iba por su bastón y salía a caminar. Llegaba hasta la plaza y se sentaba en una banca, siempre la misma banca, siempre el mismo panorama frente a sus ojos,
las mismas palomas buscando migas de pan, los mismos niños...Y volvían los pensamientos a su cabeza...En una plaza así nos encontrábamos mi chatita y yo.
Tenía que esconderme de Manuel, su hermano, que invariablemente la estaba cuidando, ya después aprendí que con unas monedas era suficiente para que se hiciera de la
vista gorda y nos dejara platicar a solas... ¡Qué tiempos!...ahora todo es tan distinto...las parejas casi hacen el acto sexual en la vía publica, las mujeres ya no dejan nada a
la imaginación, los padres no saben en dónde ni con quién están sus hijos. Y los jóvenes...ellos ya no conviven, todo el día en la computadora dizque "chateando",
sin hablar unos con otros, sin tener comunicación real. No. Los tiempos han cambiado mucho.

Entonces era momento de levantarse y caminar hasta la fonda. La comida era sabrosa y barata. Hacían una sopa muy parecida a la de su difunta chata, aunque jamás
con ese sazón que solo ella tenía. Lo único que le disgustaba era que la dueña creía, como la mayor parte de la gente, que por ser viejo era también sordo e idiota y le gritaba cada palabra acercándosele al oído y repitiéndole todo dos o tres veces.

Después de comer, la caminata hasta su casa. Llegaba, casi siempre cuando la noche empezaba a amenazar con cubrirlo todo, con sus sueños tristes y sus pesadillas.
Con esas siluetas que lo asustaban como cuando era niño. Encendía la luz para que desaparecieran los espectros y se sentaba a cenar el pan recién comprado acompañado de leche.

A veces, una que otra lágrima caía de sus ojos. Miraba el teléfono que casi nunca sonaba, parecía más un adorno que un aparato de comunicación, pero la manera
más eficaz de saber de su hijo de vez en vez, cuando se acordaba de llamarlo para cerciorarse de que siguiera vivo. Él casi nunca le telefoneaba al muchacho pues tenía
la sensación de que a la mujer, su nuera, no le hacía gracia que lo hiciera. Prefería aguantarse las ganas y esperar, aunque la espera significara semanas, o hasta meses.

Luego, una ducha rápida, muy rápida. No se detenía a observar su cuerpo. No le gustaba ver sus brazos y piernas flácidas y arrugadas, ni su vientre abultado colgar como pellejo
sin vida. Desde que su chata murió, no volvió a mirarse al espejo ¿para qué? ni siquiera para peinarse pues ya ni pelo tenía.

Luego se metía a la cama, con la luz de la lámpara en la mesa de noche encendida para que no le pillaran las tinieblas y se le vinieran encima. Miraba el lado
vacío junto a él,
la casa silenciosa, se imaginaba cómo se veía acostado ahí. Solo. Con vida, pero sin ella. Muriendo día a día sin lograr fallecer del todo. Cerraba los ojos y oraba..
.oraba con
fuerza y fe. Pedía por su esposa amada, por la felicidad del hijo que nunca llamaba...pedía piedad y suplicaba que le permitieran descansar. Casi siempre acababa llorando.
Hasta que se quedaba dormido, con las lágrimas frescas en su rostro y la almohada húmeda de tanto llanto. Su cama olía a orines rancios, el olor de la vejez. La señal de que el
cuerpo ya no funciona tan bien. Las gafas en el buró, junto a la dentadura artificial, en la pared los diplomas, premios y reconocimientos que a lo largo de su vida conquistó,
bajo la cama el bacín por si llegara a hacer falta, en el vidrio de los cuadros el reflejo de su figura cansada y desvalida durmiendo como un niño mientras la luz, que siempre
se queda encendida, le ilumina el rostro plagado de arrugas y hace menos sombría su desolada senectud.

Al día siguiente amanece,  y todo vuelve a empezar, con pequeñas variaciones, pero casi siempre igual. Lo único que le alegra es que ese día más, para él, es un día menos.
La llegada del ocaso. Y arrastra los pies a la cocina para preparar su avena desabrida...

ELENA ORTIZ MUÑIZ

 

. . .

 

 

EL UNICORNIO EN EL JARDÍN

 

 

 

 

Aquella mañana, despertó sintiéndose más infeliz y solo que nunca. El silencio poblaba la habitación, estaba cansado aún cuando apenas comenzaba el día, pero su fatiga iba mucho más
allá de un agotamiento físico, el desgaste era interno. Podía no comprender muchas cosas, pero de algo estaba seguro: su vida era  inútil.

Observó su recámara espaciosa y grande. Tenía todo lo que pudiera requerir. Ahí estaba su computadora, el piano que tanto le gustaba tocar aunque no supiera hilar una melodía
correctamente, sus libros con grabados, la televisión, películas y juguetes al por mayor. Y sin embargo, de poco le servía todo aquello.

Tenía síndrome de Down, pero eso no significaba que no se diera cuenta de lo que sucedía a su alrededor o que no poseyera sentimientos.
Se sentía  solo, desprotegido, sin saber lo que era un abrazo, una palabra de aliento, una mirada amorosa.

Sabía que todo eso existía porque lo veía en sus películas, en los programas de la televisión, en los libros,  pero nunca había logrado experimentar en carne propia esa sensación.

 

 

 

Siempre había vivido recluido en esa habitación, podía salir al jardín solo cuando sus padres estaban fuera y bajo la estricta vigilancia de Juana que se encargaba de supervisar cada
movimiento y acción, pero más que eso, de cuidar que nadie entrara en casa intempestivamente y lo descubriera ahí. Vivía con comodidades porque eran adinerados, pero éstas solo
servían para ayudarlo a sobrevivir cada día, a ver transcurrir los minutos y las horas como algo mecánico, sin significado alguno. A su padre ni siquiera lo conocía bien.
Escuchaba su voz detrás de la puerta pero nunca lo había tenido cerca de él, ese hombre era quien menos lo quería.

Lo llamaba "el loco" sin que pudiera entender el motivo. Si loco era el que ansiaba ser amado y comprendido entonces tenía razón, si loco era el que pedía a Dios que se lo llevara
de este mundo para no seguir incomodando a esas personas que lo habían traído a la vida solo para condenarlo a la soledad más cruel, entonces era cierto.
Era un loco porque no nació como ellos soñaron, porque nunca podría ser tan galante como su padre ni tan delicado como su madre. Pero, a pesar de todo los amaba.

Juana entró a la habitación con la charola del desayuno entre las manos. Lo ayudó a levantarse de la cama con paciencia y cuidado, le alcanzó la ropa que debía vestir ese día y vigiló
que se la colocara correctamente. Le ordenó que se dirigiera al baño a lavarse para que pudiera, entonces, desayunar.

Detuvo su mirada frente al espejo después de mojarse la cara para asearse los dientes y peinarse. Miró sus ojos inclinados hacia abajo, las orejas pequeñas con la parte superior apenas
doblada, la boca diminuta en contraste con la lengua que parecía estar tan grande. Esa nariz con el tabique nasal aplanado.

Se sentó a desayunar. Juana empezó a arreglar la habitación. Callada como siempre, dedicada a sus obligaciones, eficaz pero fría como un témpano de hielo. Abrió las cortinas
para que entrara la luz. Él se dispuso a ver hacia el jardín mientras masticaba su almuerzo tratando de no verter, como siempre, jugo sobre la mesa. De cuando en cuando, Juana
se acercaba a limpiarle con un pañuelo la boca eliminando los restos de comida que quedaban visibles fuera de ella.

En esa época del año, todo estaba verde, las lluvias arreciaban por la tarde pero las mañanas eran deliciosas. Todo se impregnaba de ese olor a tierra mojada, los árboles se erguían
majestuosos, las flores coloreaban el lugar otorgando además frescura al ambiente. La fuente estaba encendida y varios pajarillos se ocupaban en bañarse bajo su chorro refrescante.
Entonces, lo vio: estaba parado junto al manzano ¡era sencillamente fantástico!

Se levantó de la mesa y corrió hasta la ventana tirando por fin el jugo, no en la mesa, pero sí en el piso. Juana lo tomó del brazo y amable pero firmemente lo llevó a sentarse nuevamente
para que terminara sus alimentos. Limpió el líquido derramado y continuó con lo suyo. 

Sin quitar la vista de su objetivo, que parecía esperar pacientemente por él, engulló con avidez todos los alimentos hasta el grado de casi atragantarse, ella lo miró con desaprobación.
Corrió hasta el librero y sacó un libro de estampas, recorrió las hojas lentamente mientras con el dedo índice golpeaba en cada ilustración. Por fin lo encontró. Lo llevo ante la mujer y
con insistencia toqueteó la imagen. Con fastidio, su cuidadora observó la viñeta y luego articuló lenta y claramente haciendo hincapié en cada sílaba pronunciada: -U-ni-cor-nio.
Eso es un u-ni-cor-nio. No existen. Son leyendas...cuentos.

No le agradó esa respuesta y jalándola por el delantal la obligó a caminar hacia el ventanal señalándole con obstinación el jardín para que mirara cómo estaba de pie rasgando el
césped con la pata izquierda, como invitándolo a salir con él. Tenía el pelo más blanco que hubiera visto jamás, su crin mostraba mechones rosados, violetas, azules y verdes lo mismo
que la gran cola. Pero lo más hermoso era su cuerno dorado que brillaba con el sol. A pesar de todo,  Juana parecía no verlo.

-Si te portas bien, al rato te llevo al jardín, ahora no -respondió secamente.

Luego limpió la mesa y puso sobre ella los cubos de colores para que el chico se entretuviera apilándolos mientras llevaba los trastos sucios a la cocina.

No se mostró interesado, seguía parado frente al ventanal señalando hacia afuera y pegando en el cristal. Hasta que Juana, con decisión, cerró las cortinas y lo alejó de ahí sin hacer
caso a los gritos desaforados del muchacho que luchaba por regresar para seguir mirando. Cuando pudo lograrlo y asomarse al exterior, el u-ni-cor-nio se había ido.

El día transcurrió de la misma manera aburrida en la que se desarrollaba siempre. Con una sola diferencia: se sentía más deprimido que de costumbre. Pasó la mitad de la tarde llorando
en silencio sin que nadie hiciera nada para consolarlo.

La noche hizo su aparición y Juana supervisó que se pusiera el pijama y se acostara a dormir. En cuanto le acomodó las cobijas salió de la estancia. El pequeño se cubrió el rostro con las
mantas para poder seguir llorando sin ser molestado, hasta que por fin, se durmió. Despertó a la media noche sintiendo que le faltaba la respiración. Se sentó en la cama aterrorizado
mientras gemía sin que nadie acudiera en su auxilio. Poco a poco se fue recuperando. Se puso de pie y caminó hasta el ventanal. ¡Ahí estaba otra vez! el u-ni-cor-nio lo esperaba abajo.

Cerró la cortina y corrió a ocultarse entre las cobijas mientras gritaba una y otra vez. Juana entró corriendo y tras encender la luz le riñó por escandalizar.

-Sus padres están en casa. Guarde silencio que no les gusta escucharlo gritar.

A él tampoco le gustaba escuchar la voz de su padre. Siempre renegando de su presencia, de que hubiera nacido con vida. Era una vergüenza. Lo escuchaba detrás de la puerta y eso
le dolía más que cuando le faltaba la respiración. Juana se sentó en el sillón cerca de la cama prometiendo quedarse hasta que se durmiera otra vez. No supo cuando fue eso, lo cierto es
que al abrir los ojos, el día clareaba y su u-ni-cor-nio se había marchado.

Sin embargo, volvía a cada momento. Juana se desesperaba tratando de alejarlo de la vidriera mientras él golpeaba el cristal llamando a aquella criatura tan hermosa, que no obstante, le
daba tanto miedo.

Escuchó a Juana conversando con su madre en el pasillo, aconsejándole que mandara poner barrotes fuera de la ventana pues le preocupaba que su insistencia por estar tras ella
ocasionara un accidente fatal algún día.

Los barrotes no llegaron jamás. Pero el u-ni-cor-nio sí, constantemente lo visitaba, a todas horas, cada vez por más tiempo, tanto así, que terminó por perderle el miedo.

Una noche despertó a consecuencia de los gritos de sus padres que se culpaban mutuamente porque él había llegado a la vida para ultrajarlos con su incapacidad. Caminó hasta el
ventanal buscando a su amigo. Estaba acostado con la mirada fija en él, se puso de pie enseguida, los ojillos negros le brillaban como las estrellas. Sintió deseos de bajar para
tocar su pelo blanco, seguramente sería suave como el algodón. Caminó hasta la puerta para salir pero estaba cerrada por fuera. Además, ellos seguían discutiendo del otro lado.
Sin pensarlo dos veces retrocedió hasta el otro extremo del cuarto para después correr con todas sus fuerzas directo al cristal. El estallido de los vidrios con el impacto
detonó como un trueno infernal.

El u-ni-cor-nio corrió hasta él interceptando su caída mientras el chico se  aferraba a su cuello con firmeza para no resbalar mientras el animal galopaba hacia la verja, que junto
con la enorme y altísima barda delimitaban la propiedad como si se tratara de una fortaleza. Pudo el niño ver las tres siluetas mirando hacia abajo impactados con la escena brutal que
aparecía a través de la ventana rota. Su padre, con el mismo gesto impasible de siempre, su madre con el rostro bañado en llanto, Juana con la reprobación reflejada en sus facciones.

Todavía pudo levantar la mano con dificultad para decirles adiós antes de saltar la puerta para cabalgar en su u-ni-cor-nio hacia la libertad. Irían a un valle lleno de flores de colores
y gente feliz. Donde no había padres a los que les causara vergüenza su presencia, ni paredes, ni puertas cerradas por fuera para evitar que al salir molestara con su infame apariencia.

Se acercaban a su destino. El u-ni-cor-nio era suave como la seda, de su crin de colores se desprendían luces brillantes, los cascos al golpear en el suelo hacían el mismo sonido
de los tambores. Podía verlo, el valle estaba frente a él. Había una cascada cuya caída resonaba mezclándose con las carcajadas sonoras de tantos niños que jugaban alegremente.
¡Sí! ¡Los veía!...Dios mío, ¡eran idénticos a él! los ojos rasgados, la misma nariz, la comisura de la boca... ¡Cuánta felicidad!

 

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ELENA ORTIZ MUÑIZ. Nació el 29 de agosto de 1971 en México D. F.,siendo de nacionalidad Mexicana-Española. Actualmente radica en Guanajuato, México. Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Inició formalmente su carrera de escritora en 2008. Ganadora de accésit y mención  de honor en en I Concurso de Relato Corto Katharsis. Finalista en el I Certamen de Cartas de Amor "En Amor a dos" convocado por la Biblioteca Municipal de Arucas, en España. Fue finalista en el Certamen Literario La Felguera 2010. Autora seleccionada en el Premio Algazara de Microrrelatos convocado por la Editorial Hipálague. Su novela "Corazón en Clave de Sol" fue recomendada para su publicación por el jurado en el Concurso Internacional de Literatura Juvenil Libresa, edición 2010. Ha participado en diversas antologías virtuales y en papel. Participó como jurado en el II Concurso Estatal de Poesía "Rafael Esqueda Garibay" a cargo de la Casa de la cultura municipal en Guanajuato Capital y la Fundación "Amigos del Artista Guanajuatense". Sus trabajos literarios han sido publicados también en revistas y espacios literarios de México, Canadá, Colombia, Uruguay, Chile, Argentina y España.

Dirección electrónica: ele5letras@yahoo.com.mx
            estrella.de.belen@live.com.mx

 

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