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"INSOMNIO"

Una historia de Carlos Marcionni (Córdoba, Argentina)

 

Anoche, y por fin anoche; le encontré un sentido positivo al insomnio.
Resulta que después de dar vueltas y vueltas en la cama; “como paleta de ventilador”, y despertando de su merecido descanso a cada rato a mi comprensiva esposa,
me vine para la cocina.
Total, que el tiempo está un tanto loco, y aunque estamos en pleno invierno la temperatura engaña, como de primavera; esta silenciosa madrugada.

Aparte, desde hace como cuatro meses ya, que ando con unos dolores tremendos en ambos brazos, más precisamente entre codos y hombros; lo que coopera a que no pueda pegar
un ojo en toda la noche, no te miento si te digo que hasta te hace llorar…este síntoma tan doloroso localizado en los huesos.

Por eso me levanté en sigilosa y enfilé para la cocina para tomar unos mates sin importarme la hora. Yo los cebo tradicional y a la cordobesa: con el agua bien caliente y el chorrito
al costado de la bombilla, con un diminuto toque de azúcar apenas para endulzar.

Pero debo contarte en confidencia: entre radiografías, centellogramas óseos y tomografía computada, los galenos aún no pueden dar con el diagnóstico preciso del origen o
etiología de este agudo dolor que me atormenta, por eso te cuento un secreto, al agua para el mate:La hago hervir quince minutos con “uña de gato peruano”, una especie de corteza
de Arbusto, que por pura coincidencia me la recomendaron algunos amigos… y resulta ser buena para todo y sobre manera, para los huesos. Total con probar no pierdo nada.

Si bien estoy padeciendo esto, no me quejo tanto, hasta los cincuenta años yo tuve una salud excelente, y sabido es; que después van llegando los achaques sin que uno los convoque.
Están rebuenos los mates, y aunque no le encuentro razón creo que me producen un relajo mental que me transportan como en sueños al pasado, allende donde transitaban
mis primeros

pasos de adolescente, por la década del 60. Bueno dicen que es normal, que con 60 pirulos a cuestas uno no  recuerda que almorzó ayer,
pero si del pasado más lejano y con lujosos  detalles.


Santa María de Punilla


Y de veras que es así según lo comprueban empíricamente y comentan muchos veteranos.
Así que yo me adhiero fervientemente al enunciado.
De aquellos tiempos de feliz y sencilla adolescencia, me quedó la convicción de que no debe ser muy bueno ser hijo único, pero contar más de ocho y estar por el medio, te la regalo.
Para los que ya peinamos canas no es ningún secreto que por aquellas épocas era una  institución hogareña el remiendo, como así también el traspaso o “herencia” de prendas
Del mayor (el que estrenaba lo nuevito) a los que lo precedíamos por orden de nacimiento. Algunas veces y por suerte la tradición se cortaba cuando en un cumpleaños
venía alguna prenda de regalo o algunas flamantes “championes”. Te contaba que, transportado nostálgicamente a esos años, me vi sentado en la vereda, de balde nomás,
como paracaidista en submarino.

En aquellos tiempos de novelas radiales y tv blanco y negro y con horario restringido impuesto por los progenitores, podías salir a la calle presentando previa y religiosamente
“la tarea cumplida” o los deberes completos, según tu edad. Así los días parecían más largos más rendidores; había más tiempo.

Para todo, nadie corría alocado; la gente se respetaba, se saludaba al pasar, nos conocíamos.
Yo no puedo afirmar el dicho “pueblo chico infierno grande”, en honor a la verdad para mí Santa María y Villa Bustos (Provincia de Córdoba, Argentina), fueron en mi vida
“pueblos chicos, paraísos grandes”. Sería injusto no reconocer cuán feliz transcurrió mi niñez y adolescencia en esos queridos pagos.

Verdad que había “clases sociales”, un puñado de acomodadas familias que con sus honestos negocios hacían buena diferencia material, un espectro importante de clase
media,y algunos muy humildes que luchaban de a diario para ascender a la media.

Por aquellos tiempos la pobreza podía ser material pero había posibilidades de progreso. Hasta el más humilde tenía sus marcados y sanos valores transmitidos ya sea en su
casa o en la escuela. La solidaridad era moneda corriente como el respeto y la amistad. Qué decirte de la “libreta del Almacenero” que la pagabas a fin de mes cuando cobrabas el sueldo.
La palabra tenía valor.

La dignidad te la daba el trabajo y la decencia; ser pobre no era justificativo para ser un delincuente.
De aquellos amigos de la “alta” no puedo quejarme, nunca me hicieron de menos, al contrario,
Me prestaban la bici, me regalaban “ojitos” (de los tan codiciados llamados “japoneses”.) para jugar a las bolitas, o las figuritas que tenían repetidas Para que jugáramos a la
tapadita o al espejito lleva todo.

Asimismo nos convidaban  un trago de gaseosa o alguna golosina. Y no te extrañes si te cuento que la inocencia nos duraba hasta los quince o los dieciséis…
Hablando de esa edad me vino a la mente mi calle de tierra frente al arroyo, y la cara morena con sonrisa de sol de enero de mi inolvidable amigo Juancito.

Mi querido vecino de medianera con el que compartíamos juegos y aventuras… y todo después (como te adelanté) de cumplir religiosamente con los deberes,
recién con el debido permiso la calle nos pertenecía con la consabida recomendación “portate bien” y “volvé temprano.”

Horas de caminatas, de charlas, de risas, de juegos de aventuras de felices experiencias.


Santa María de Punilla


Mi amigo Juancito tenía a mi entender un nocivo defecto: no le gustaba estudiar; ni  la escuela
Era para él un verdadero castigo. No le quitaba entonces su decencia y sus buenas costumbres, su incondicional y leal Amistad; solo te comento eso, para el sí
“que los libros mordían”. Quizás por eso era parco de Palabras por su interna timidez a decir una tontería que lo dejara en ridículo o mal parado ante los
otros muchachos amigos de la barra.

Yo en todo caso no era un bocho ni un ratón de biblioteca pero si me gustaba estudiar y aprender. Y aún de novel adolescente ya tenía algunos proyectos trazados
para mi futuro laboral pero primero debía cimentarlos con la herramienta fundamental: el conocimiento.

Debo confesarte que me entristece mucho contar y recordar a Juancito, mi buen compañero. Mi fiel amigo mi querido vecino. Sí…me duele recordar ese día cuando
ya pintábamos los dieciocho, cuando llegó su pariente de Buenos Aires (Del Cruce Varela):

- Te presento a mi primo Ramón- me dijo, con manifiesta admiración por el recién  llegado.
-Hola yo soy  Beto y Juancito es mi mejor amigo, le dije apretando con fuerza su mano en el saludo.
Para qué te cuento de la pinta del primo: “vaquero Lee” con cinturón ancho, camisa leñadora, camperita desteñida de “jean”, mocasines de cuero color ciruela con
hebilla dorada, y un generoso toque “De Vitess” la colonia que por esos días preferían oler de un varón las chicas.

Nos vimos poco con Juancito durante la semana que se quedó su primo. Creo que de pura casualidad nos vimos un par de veces y creí o lo percibí como “ausente”;
así resultó que a la semana se volvió el primo para Buenos Aires, pero no se volvió solo, se llevó –literalmente-, así como te cuento; a Juancito con él.
“Porque allá se gana buena plata”; “Porque en este pueblucho vas a ser por siempre un “don nadie”; porque allá hay más placeres, bailes y mujeres más
avispadas que aquí. Y un sinnúmero de “beneficios”. Así fue que entusiasmó y convenció a mi amigo. Los fui a despedir a la estación del tren en Santa María,
donde tomaban el coche-motor que combinaba con el Estrella del Norte, en la estación de Alta Córdoba y con destino final en Retiro frente a la
Torre de los Ingleses y al Puerto Nuevo en la luminosa Capital Federal.

Nos dimos en el andén un fuerte abrazo (antes los hombres no se saludaban con beso), se estilaba un fuerte abrazo; o un fuerte apretón de manos según lo
ameritara el rango de la relación.

Cuando lo vi asomado a la ventanilla levanté la mano e interferido por la campana de la estación y el silbato del guarda dando la orden de partida
le grité un: ¡Buena suerte!!!!!!

Juancitoooooo amigazo querido. (Le tiré las “buenas ondas” como dirían hoy.)Pasó mucho tiempo hasta volver a encontrarlo, fue como a los dos años desde su
precipitada partida, volvía al pueblo pero ahora en calidad de turista. Me alegró mucho volver a verlo, más aún cuando me contó que tenían un negocio de almacén con su
primo Ramón, allá en el Cruce de Varela.
Se le notaba el progreso, lentes espejados sobre su rostro moreno,”Vaqueros Lee” con cinturón ancho, mocasines de cuero color ciruela con hebilla dorada, camisa leñadora
con un paquete de Benson and Hedges en el bolsillo y una generosa ración De Vitess sobre el cuerpo.

 Cuando partió nuevamente para Buenos Aires no fui a despedirlo a la estación como la primera vez, ahora partió desde la terminal de Cosquín y en el “Chevallier”...
Me quedé allí por unos minutos, con aquel amistoso abrazo compartido y el papelito en la mano con una dirección de allá; de Florencio Varela Provincia de Buenos Aires.
Y sus últimas Palabras en la despedida repiqueteando en mis juveniles oídos: “Venite en cuanto puedas, no seas Zonzo, vas a ver qué bien lo vamos a pasar.”

La verdad que nunca se me antojó su propuesta; yo tenía trazado el proyecto de mi propio camino, de mi porvenir y mi futuro, no gran cosa pero importante para mí:
Ingresar en la Mercante, ELMA,

Por ese entonces la Argentina tenía flota comercial de bandera. Yo imaginaba que así podía trabajar navegando y conociendo el mundo a la vez.
Pasados unos tres años, me anoté para rendir el ingreso en la Escuela de Naútica y viajé con ese fin a la Capital Federa; pero me fue mal en el examen físico (“columna bífida”).
Me amargué mucho; pues para el intelectual me había preparado con entusiasmo y voluntad. Me tenía una fe ciega, y el inesperado traspié me dejó con un sabor muy amargo.
En Buenos Aires paré por Vieytes y Suárez en el tranquilo y familiar Barracas; barrio de obreros residencia de mi abuela catalana y mis tíos. Trataron ellos de consolarme
al verme llegar compungido. Ellos daban por asegurado mi ingreso y de alguna forma también sufrieron mi fracaso. Para no prolongar más las cosas, preparé mis pocos
elementos de equipaje para volver a Córdoba y rediseñar Mis nuevas posibilidades de porvenir. Así acomodando la ropa salto el papelito arrugado con la
Dirección de Florencio Varela, del Cruce de Varela. Recordé todas las insistentes recomendaciones De doña Angelina la mamá de Juancito:…”
Beto por favor llegate a visitarlo al Juancito decile que me escriba, Que hace mucho que no sabemos nada de él, por favor Beto no te olvides.”

Retrasé mi vuelta, y un sábado me fui de Constitución al Cruce de Varela en un colectivo viejo y tan lleno de gente que no cerraba la puerta. El viaje duró bastante como
así la incomodidad pero yo solo pensaba en una madre angustiada y en su especial pedido.

Me dio cierta tranquilidad que la dirección parecía correcta, coincidía con una casa modesta de aceptable aspecto. Toqué el timbre varias y prolongadas veces.
Y cuando me estaba dando por vencido sentí girar una llave, abrirse la puerta y asomarse a un señor mayor que parecía un tanto bebido por su rostro rojizo
como en llamas, también lo castigaban al señor los años a tenor de sus arrugas como así los surcos profundos en la frente y a la incipiente calvicie que
dominaba casi por completo su cabeza dejándola al desnudo. Lo saludé cordialmente y alzando un poco la voz por las dudas no me escuchara:
”Vengo de Córdoba le dije: Soy amigo de Juancito y del primo Ramón.” El hombre pareció estremecerse

Como turbado, (me equivoqué de casa pensé para mis adentros o se han mudado) De pronto el hombre salió de su estado; como de enojo o de ira por mi pregunta:
El primo que usted dice es mi hijo Ramón, a él lo puede ir a visitar mañana domingo al pabellón A-4  de Melchor Romero. A Juancito al cementerio de
La Plata….fue hace dos años…Yo siempre les decía:- laburen muchachos laburen…-pero Ramón siempre fue un hijo muy rebelde, nunca me hizo caso,
Ya de chiquito nos daba muchos problemas y disgustos a su pobre madre y a mí

Fue hace ya dos años me volvió a repetir entre sollozos, una noche después de un “trabajito”, en Ramos Mejía los sorprendió la
Bonaerense, mi hijo Ramón
zafó con un balazo en una pierna, pero Juancito quedó tendido en la calle con un pulmón perforado y los intestinos desparramados

Por la vereda, dicen que murió en el acto, que ni cuenta se habrá dado…yo siempre les decía:-“Laburen muchachos laburen
que así van a terminar mal.”

Me quedé mudo, helado, atónito, solo logré balbucear: disculpe señor, yo no sabía perdóneme.El viejo movió la cabeza como aceptando mis disculpas,
y cuando se perdió detrás de la puerta

Solo alcancé a escuchar una tos grave y compulsiva y las dos vueltas de llave. Ni sé cómo llegué de regreso a la casa de mis tíos en el barrio de Barracas.
Me preguntaron que me pasaba porque tenía el rostro desencajado compungido…no les comente gran cosa…solo les dije:-“Perdí a mi gran amigo.”

Ahora ya de vuelta en Córdoba en Villa Bustos se ha hecho rutinario que cada vez que me ve doña Angelina la madre de Juancito y
me pregunta desesperada por
saber de él, le contesto siempre lo mismo…-“Juancito  se fue a España conoció a una gallega muy linda en Buenos Aires y se juntaron. Tienen un almacén
y les va muy bien, seguro que algún día nos da la sorpresa y aparece por aquí”.

Doña Angelina ya cumplió ochenta y siete años, cuando el sol entibia el mediodía o la hora de la siesta
Yo la sé ver desde mi ventana…apoyadita en la tapia de la entrada de su casa, mirando hacia la esquina tratando de vencer sus cataratas…
me duele el corazón…se me parte el alma.

 Sé muy bien lo que ella espera y ansía ver; lo mismo que quisiera ver yo…a Juancito subir por la calle de tierra
Con su cara morena y su sonrisa franca,
con su “vaquero Lee” y cinturón ancho, su camisa leñadora Y sus mocasines de cuero color ciruela con hebillas doradas, dejando en la brisa de la tarde; 
el  inconfundible Aroma del Vitess a su paso orgulloso y triunfal…

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marcionnifox@hotmail.com